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valientes templarios, si un día caían en sus manos. Luego, juró
matar a De Chátillon, e inmediatamente dio orden de reunir a sus
generales. Por lo que a Saladino se refería, la tregua había termi-
nado. ¡En adelante, ya no regía la Pax Saracenica, sino la Jehad o
«Guerra Santa»!
El líder del islam era un hombre complejo, de gran humildad e incom-
parable coraje. A diferencia del arquetípico jefe musulmán, el supre-
mo sultán ayyubid era un intelectual, poco afecto a la cetrería, la caza
o los convites, actividades que tanto habían distraído a muchos de sus
reales antecesores. Su deporte era el polo, pues era un magnífico jine-
te y consideraba aquel juego de rápidos movimientos como una espe-
cie de ajedrez jugado con caballos. Los maestros de la Universidad
de Damasco le habían enseñado a dominar el gran juego del tablero
escaqueado, así como le habían impartido el amor por el gnosticismo,
especialmente por las artes y las ciencias, la astronomía, la mateniáti-
ca, la arquitectura, la música, la erudición natural y la belleza en todas
sus formas, como obra de Alá, el Único Dios.
Damasco, que él había vuelto a recuperar de manos de los infie-
les cristianos, representaba para Saladino todo lo que había de bello
en la arquitectura árabe y en la planificación de una ciudad. Sus múl-
tiples arboledas sombreadas y los numerosos jardines, grandes y peque-
ños, públicos y privados, eran oasis de color, perfume y belleza natu-
ral, y uno de los más grandes placeres del sultán residía en gozar de
aquellos refugios de paz, completamente solo. En otras palabras, entre
todos los jefes musulmanes, el sultán Saladino era único. Esto era así
porque sus actos y reacciones resultaban difíciles de predecir.
Alto, apuesto y aún activo y en buena forma en la edad madura,
aquel príncipe de ayyubids poseía una personalidad extraordinaria,
con el don de un encanto inmenso. Aunque tímido y retraído cuan-
do muchacho, mediante la aplicación y el estudio diligente había cre-
cido hasta convertirse en un diestro líder capaz de no dar consejos
hasta el momento preciso. Sólo daba su opinión cuando se la pedían.
Saladino no era ni jactancioso ni embustero. Cuando hablaba, era
para decir la verdad.
Si agregamos a esto su devota fe en lo justo de la causa del islam,
tendremos a un líder capaz de hacer retroceder a las hordas de las
cruzadas que habían saqueado y asolado el medio Oriente.
Allá en Tiberias, Abraham-ben-Isaac le describió a Simon el jefe
sarraceno en estos términos:
-Salah-ed-Din nació en 1138, en una familia compuesta de sie-
te hermanos y una hermana. Su padre era Ayyub-ibn-Shadhy, un ofi-
cial del séquito de Zengi, el atabeg de Mosil. Su madre era Nejm-ed-
Din. Su padre había sido alcaide de Tekrit, una fortaleza donde Zengi
se había refugiado después de una desastrosa derrota. Cuando a Zengi
le cambió la suerte, recordó que en una ocasión le debió la vida a
Ayyub-ibn-Shady y le incorporó a su séquito.
»Aunque el padre de Saladino era mahometano, él era kurdo,
del clan Rawadiya. Gente aguerrida y cortés, poseían un gran senti-
do del honor y la hospitalidad. Saladino heredó todas las virtudes tri-
bales de su padre.
»El nombre completo de Saladino es Yusuf Salah-ed-Din, que
significa «el honor de la fe». Es un nombre que bien se merece.
»En todo el medio Oriente, Simon, no encontrarás hombre más
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devoto, caballeroso y honorable. Además de estas cualidades, posee
el coraje de un león del desierto y la obstinación de una muía. Es sm
duda un adversario formidable en quien la cristiandad pueda clavar
sus garras.
»Osama, príncipe de Sheyzar, eminente erudito y filósofo, tomó
al inteligente hijo de Ayyub-ibn-Shadhy bajo su protección. Osama
era un mago supremo, con gran penetración para juzgar el carácter
de la gente. En el joven Yusuf, entonces sólo un muchacho, el sabio
mago debió de reconocer todas las cualidades de grandeza. Saladino
tenía sólo trece años cuando se conocieron; sm embargo, Osama pre-
sintió el destino del chico. Tú, Simon, serias afortunado si conocie-
ras a un hombre como él.
-Ya le he conocido -repuso Simon, con sinceridad-. ¡Vos, ifll
maestro, Abraham-ben-Isaac sois mi Osama!
El viejo filósofo se sintió complacido, pero meneó la cabeza.
-Yo no me encuentro en el mismo plano de evolución qu
Osama, príncipe de Sheyzar. El es la suerte de ser que los cristia-
nos tratáis de santos.
Durante sus muchas conversaciones con Abraham, Simon apren-
dió muchísimas cosas más sobre Saladino. Supo de la educación que
recibió el líder, en Baalbeck y Damasco, en sus tempranos años en la
corte de Nur-ed-Din. Este atabeg era uno de los hijos de Zengi que,
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