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reunirnos co ustedes.
Bueno, bueno, sigan charlando, hijos míos dijo Prudence al retirarse, cerrando la puerta como para
reforzar el tono en que había pronunciado las últimas palabras.
Así pues prosiguió Marguerite, cuando nos quedamos solos , estamos de acuerdo en que dejará de
quererme.
Me marcharé.
¿Pero tan fuerte le ha dado?
Había ido demasiado lejos para dar marcha atrás, y por otra parte aquella chica me trastornaba. Aquella
mezcla de alegría, tristeza, candor, prostitución, incluso aquella enfermedad, que en su caso desarrollaba la
sensibilidad ante las impresiones como la irritabilidad de los nervios, todo ello me indicaba que, si desde el
principio no adquiría dominio sobre aquella naturaleza ligera y olvidadiza, la perdería.
¡Vamos, entonces lo dice en serio!
Muy en serio.
¿Pero por qué no me lo ha dicho antes?
¿Y cuándo se lo habría dicho?
Pues al día siguiente de aquel en que me fue usted presentado en la Opera Cómica.
Creo que, si hubiera venido a verla, me habría recibido usted muy mal.
¿Por qué?
Porque la víspera me porté como un estúpido.
Eso es verdad. Sin embargo, ya me quería por entonces.
Sí.
Lo que no le impidió ir a acostarse y dormir tan tranquila mente después del espectáculo. Todos
sabemos lo que son esos grandes amores.
Sí, sólo que en eso se equivoca usted. ¿Sabe lo que hice la noche de la Opera Cómica?
No.
La esperé a la puerta del Café Inglés. Seguí el coche que la llevó a usted y a sus tres amigos y, cuando
la vi bajar Bola y entrar en su casa, me sentí muy feliz.
Marguerite se echó a reír.
¿De qué se ríe?
De nada.
Dígamelo, se lo suplico, o acabaré por creer que está otra vez burlándose de mí.
¿No se enfadará?
¿Con qué derecho podría enfadarme?
Bueno, pues tenía una buena razón para entrar sola.
¿Cuál?
Estaban esperándome aquí.
Si me hubiera dado una puñalada, no me habría hecho tanto! daño. Me levanté y, tendiéndole la mano:
Adiós le dije.
Sabía que se enfadaría dijo . Los hombres rabian por enterarse de lo que va a hacerles sufrir.
Pues le aseguro añadí con un tono frío, como si hubiera querido demostrarle que estaba curado para
siempre de mi pasión , le aseguro que no estoy enfadado. Es muy natural que la; esperase alguien, como
es muy natural que yo me vaya a las tree de la mañana.
¿También a usted está esperándolo alguien en su casa?
No, pero tengo que irme.
Adiós, entonces.
¿Me echa usted?
De ninguna manera.
¿Por qué me hace sufrir así?
¿Que yo le hago sufrir?
Me dice que alguien estaba esperándola.
No he podido dejar de reírme ante la idea de que usted se sintiera tan feliz de verme entrar sola,
cuando había una razón tan buena para ello.
Muchas veces le entra a uno alegría por una niñería, y no está bien destruir esa alegría, cuando,
dejándola subsistir, se puede hacer más feliz aún al que la encuentra.
¿Pero con quién cree que está tratando? Yo no soy una virgen ni una duquesa. No lo conozco más que
de hoy y no tengo por qué! darle cuenta de mis actos. Y aun admitiendo que un día llegara a ser su amante,
ha de saber que he tenido otros amantes antes que usted. Si ya ahora empieza haciéndome escenas de celos,
¡qué será después, si ese después existe alguna vez! No he visto nunca un hombre como usted.
Es que nadie la ha querido nunca como yo.
Vamos a ver, francamente, ¿tanto me quiere usted?
Creo que todo lo que es posible querer.
¿Y desde cuándo dura eso...?
Desde un día en que la vi bajar de una calesa y entrar en Susse, hace tres años.
¿Sabe que eso es muy hermoso? Bueno, ¿y qué tengo que hacer para corresponder a tan gran amor?
Quererme un poco dije, mientras los latidos de mi corazón casi me impedían hablar; pues, pese a las
sonrisas medio burlonas con que había acompañado toda aquella conversación, me parecía que Marguerite
empezaba a compartir mi turbación y que me acercaba a la hora esperada desde hacía tanto tiempo.
Bueno, ¿y el duque?
¿Qué duque?
Mi viejo celoso.
No se enterará de nada.
¿Y si se entera?
La perdonará.
¡Ah, eso sí que nol Me abandonará, ¿y qué será de mí?
Ya está arriesgándose usted a ese abandono por otro.
¿Cómo lo sabe usted?
Por el aviso que ha dado de que esta noche no dejen entrar a nadie.
Es cierto; pero ése es un amigo serio.
Que a usted no le importa mucho, puesto que le prohíbe la entrada a tales horas.
No es usted precisamente quien debiera reprochármelo, puesto que ha sido para recibirlo a usted y a su
amigo.
Poco a poco había ido acercándome a Marguerite, había pasado mis manos en torno a su cintura y sentía
su cuerpo flexible apoyarse ligeramente en mis manos entrelazadas.
¡Si supiera cuánto la quiero! le dije en voz muy baja.
¿De veras?
Se lo juro.
Bueno, pues, si me promete no hacer más que mi voluntad sin decir una palabra, sin hacerme una
observación, sin preguntarme nada, tal vez pueda llegar a amarlo.
¡Todo lo que quiera!
Pero le advierto que quiero ser libre de hacer lo que me parezca, sin tener que darle la menor
explicación sobre mi vida. Hace tiempo que busco un amante joven, sin voluntad, enamo rado sin
desconfianza, amado sin dérechos. Nunca he podido encontrar uno. Los hombres, en vez de estar
satisfechos de que se les conceda durante mucho tiempo lo que apenas hubieran, esperado obtener una vez,
piden cuentas a su amante del pasado, del presente y hasta del futuro. A medida que se acostumbran a ella,
quieren dominarla, y, cuanto más se les da todo lo que quieren, tanto más exigentes van haciéndose. Si
ahora me decido a tomar un nuevo amante, quiero que tenga tres cualidades poco frecuentes: que sea
confiado, sumiso y discreto.
Bueno, pues yo seré todo lo que usted quiera.
Ya lo veremos.
¿Y cuándo lo veremos?
Más tarde.
¿Por qué?
Porque dijo Marguerite, liberándose de mis brazos y tomando de un gran ramo de camelias rojas
comprado por la mañana una camelia que colocó en mi ojal , porque no siempre se puedén cumplir los
tratados el mismo día en que se firman.
Era fácilmente comprensible.
¿Y cuándo volveré a verla? dije, tomándola entre mis brazos.
Cuando esta camelia cambie de color.
¿Y cuándo cambiará de color?
Mañana, de once a doce de la noche. ¿Está usted contento?
¿Y usted me lo pregunta?
De esto, ni una palabra a su amigo, ni a Prudence, ni a nadie.
Se lo prometo.
Ahora béseme, y volvamos al comedor.
Me ofreció sus labios, alisó de° nuevo sus cabellos, y salimos de aquella habitación, ella cantando, yo
medio loco.
En el salón se detuvo y me dijo en voz muy baja:
Quizá le parezca raro que me haya mostrado tan dispuesta a aceptarlo así, en seguida. ¿Sabe a qué se
debe? Se debe continuó, tomándome una mano y colocándola contra su corazón, cuyas palpitaciones
violentas y repetidas yo sentía , se debe a que, ante la perspectiva de vivir menos que los demás, me he
propuesto vivir más de prisa.
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